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terça-feira, 16 de maio de 2017

Charlatanismos... psicoterapias & psicanálises...

Irene Hartmann

Breves y dinámicas: las psicoterapias que le disputan terreno al psicoanálisis
Trastornos del espectro autista, trastornos afectivo bipolares o por el consumo de sustancias tóxicas. Esquizofrenia, melancolías, paranoia y demás cuadros psicóticos. También, las neurosis: trastornos obsesivo-compulsivos, depresión, estrés postraumático, fobias y las míticas histerias. El diccionario de la salud mental es tan nutrido como las razones para iniciar una terapia. Pero algo está cambiando en la oferta: sin contar las promesas que (vía spam) se auspician como “método número uno para superar la ansiedad y todos sus síntomas para siempre”, en Argentina el psicoanálisis se está viendo obligado a compartir su podio con un ecléctico abanico de opciones terapéuticas.
De las opciones cognitivas se puede saltar a las de marco sistémico o a los protocolos del modelo EMDR y el mindfulness. También, elegir “alternativas” como la biodecodificación o las constelaciones familiares. Seguro psicólogos no faltarán: se estima que en Argentina hay casi 90.000.




Breves y dinámicas: las psicoterapias que le disputan terreno al psicoanálisis
Algunos profesionales se resisten al cambio, pero muchos impulsan psicoterapias psicoanalíticas más breves (Getty Images)
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Psicoanalistas en el desafío de no quedarse en el intento

Una comparación del Atlas Mental Health de la Organización Mundial de la Salud (OMS) mostraba en 2014 que Argentina tenía, cada 100.000 habitantes, casi cuatro veces más psicólogos que Finlandia, en el segundo puesto del ranking. Si bien el Sistema Integrado de Información Sanitaria Argentino (SISA) contabiliza, hoy, poco más de 80.000 psicólogos activos, un relevamiento de 2015 de los investigadores Modesto Alonso y Doménica Klinar (Facultad de Psicología de la UBA) había estimado que ascendían a más de 90.000. Lo que impresiona es su despareja distribución: casi la mitad se concentra en el radio porteño y el 80% son mujeres.
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Contar con algún espacio terapéutico parece clave en la agenda de muchos argentinos, pero el “cómo” está viviendo un cambio. Algunos atribuyen esta reconfiguración a un agotamiento del propio psicoanálisis: la crítica más acérrima reduce la teoría de Freud a un complicado y largo viaje, sin parada final ni evidencia empírica. Otros, sin negar su relevancia, prolongan los conceptos psicoanalíticos a una dimensión más integral, enfocada en el ser, conectando cuerpo y mente. Y están los que ven un signo de época: donde prima resolver todo “ya”, no hay tiempo (ni lugar) para tolerar terapias de largo plazo.




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Según la OMS, el 25% de la población de las grandes ciudades “necesitará apoyo durante su vida", en materia de salud mental.
“Cuando alguien tiene un trastorno severo, el psicoanálisis no funciona”, arroja el Director Nacional de Salud Mental y Adicciones del Ministerio de Salud de la Nación, André Blake. Agrega que “en esos casos se necesitan teorías como las cognitivo-conductuales o la neurociencia cognitiva. Estamos más atrasados que en el resto del mundo, pero es inexorable que esas terapias le ganarán terreno al psicoanálisis. Hoy predomina, pero obviamente tiende a desaparecer como psicoterapia”.
Distinta es la opinión de la decana de la Facultad de Psicología de la UBA, Nélida Cervone, quien cree que “el psicoanálisis no decayó, aunque sí hay más ofertas. Las terapias cognitivo-conductuales tienen su peso, pero el psicoanálisis nunca estuvo lejos de la salud pública comunitaria”.
Lo que le preocupa a Cervone es el consumo de psicofármacos en reemplazo de un tratamiento: “En niños y adolescentes, la medicación psicofarmacológica es un tema muy difícil y preocupante. A veces no se hacen diagnósticos serios y se les administra medicación a chicos hiperactivos, por ejemplo, lo que crea condiciones muy difíciles. También en los adultos, con los ansiolíticos para dormir, por ejemplo, tomados por fuera de un tratamiento. No están bien difundidos los muchos dispositivos de asistencia psicológica: hospitales, centros de salud, servicios de extensión universitaria y ONG’s. Allí, quien necesite medicación la va a obtener”.
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En pocos días saldrán a la luz nuevos datos de la Sedronar sobre consumo de sustancias psicoactivas. Actualizarán un informe de 2010, según el cual el 18% de los argentinos tomó tranquilizantes o ansiolíticos alguna vez en su vida. Según Blake, “los que más se ingieren sin receta son los ansiolíticos, y una vez que los toman no los pueden dejar. Inferimos que debe haber un porcentaje grande de este consumo que no está bien indicado”.




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Se liga el problema de cómo atajar las urgencias. A fines de 2015, la OMS informaba que en el mundo se cometen cerca de 800.000 suicidios por año, o sea, uno cada 40 segundos, y está entre las tres primeras causas de muerte en personas de 15 a 44 años. Se presume que por cada adulto que se suicidó más de 20 lo intentaron. El primer signo puede ser invisible: un cuadro de depresión. En el mundo, esta enfermedad afecta a más de 300 millones de personas, con prevalencia mayor en las mujeres. Otras psicopatologías para considerar son el trastorno afectivo bipolar, padecido por 60 millones de personas, y la esquizofrenia, por 21 millones.
Tal vez por eso se prevé que el 25% de la población de las grandes ciudades “necesitará apoyo durante su vida, y los trastornos mentales están dentro de las cinco primeras causas de enfermedad en nuestra región”, advierte la OMS. Y por encima del tabaco, “el alcohol es, en Latinoamérica y el Caribe, el principal factor de riesgo para la salud de la población”.
Al final, por alguna razón, por alguna vía, una persona llega a terapia y pide ayuda. Según el tipo de terapia, intentará levantar las capas de su rugosidad, modificar sus conductas o conectarse con lo más primario de su ser. ¿El objetivo? Pisar el terreno de la cura. O sólo ser más feliz. Y cada práctica le pondrá un nombre: “sujeto”, “individuo”, “consultante”, “paciente” y hasta “constelado” o “cliente”.
  • Terapia cognitivo- conductual (TCC)
Una de las corrientes más fuertes de lo que sería el ala “cientificista” es la psicoterapia cognitiva o cognitivo-conductual (TCC). Uno de sus referentes es Fernando Torrente, director del Departamento de Psicoterapia Cognitiva y del Laboratorio de Investigaciones Psicopatológicas del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO), y decano de la Facultad de Ciencias Humanas y de la Conducta en la Universidad Favaloro “Especificidad” es un término clave. El individuo llega con un problema y a través de la TCC se le ofrecerán técnicas específicas, que aplicará en sesión y fuera de ella, de modo de modificar sus cogniciones y conductas. “La terapia se denomina cognitivo-conductual porque si buscamos regular nuestras emociones (la depresión, la ansiedad) debemos cambiar lo que pensamos sobre las situaciones (cogniciones) y las conductas que adoptamos”, define Torrente, y precisa: “Usamos técnicas como llevar notas de situaciones experimentadas o identificar y cuestionar creencias, además de entrenar habilidades psicológicas específicas”.




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“Es una terapia activa, basada en el trabajo colaborativo entre paciente y terapeuta, quien realiza preguntas, ofrece información, propone técnicas y ejercicios, indica tareas. También es estructurada, con objetivos delimitados, establecidos entre paciente y terapeuta al comienzo del tratamiento. Y está focalizada en el presente: el interés del modelo está puesto en modificar los factores actuales que disparan y mantienen el problema. Se atiende a la historia del individuo -para entender cómo se llegó a la situación actual-, pero el foco del cambio está en el presente”.
¿Cuánto dura esta terapia? “Busca una duración acotada a la resolución de los objetivos establecidos. Un tratamiento convencional para la depresión o la ansiedad puede tomar entre tres y seis meses”. El rigor científico es una prioridad para las TCC, como aclara Torrente: “Hay cuantiosa evidencia en investigaciones científicas de que esta terapia funciona. Son ensayos clínicos similares a las pruebas de eficacia de un fármaco”.
  • Terapia sistémica
Una cosa es hablar de uno y otra de las relaciones con los demás. Desde la Escuela Sistémica Argentina, Marcelo Ceberio comenta que “esta teoría surgió en los años 60 y se basa en la teoría general de sistemas y en la cibernética, de la que derivaron una rama computacional y otra aplicada a las ciencias sociales. Vivimos en sistemas, y en sistemas de sistemas: el sistema familiar está dentro del social, y el social en el país. Los sistemas tienen funciones y reglas de funcionamiento que exploramos”.




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Para la terapia sistémica, el paciente es concebido siempre como parte de un sistema.
“Un diálogo posible en una terapia de pareja”, plantea Ceberio: “Exploramos el pensar, el decir y el actuar. ‘Si ella te dice eso, ¿qué sentís?’ ‘Tengo bronca’, me contesta. Le digo, ‘¿y qué pensás?’ ‘Que me está engañando’. Insisto: ‘¿Y qué hacés?’ ‘Me voy de casa’. Le pregunto a ella: ‘¿Qué te pasa cuando él se va?’ ‘Pienso que no me quiere’. Exploramos todos los circuitos de interaccion. La pregunta es qué hago yo para generar esto en el otro”.
“En la clínica se puede atender a un individuo, pero lo más común es que trabajemos con familias o parejas”, explica Cecilia Gelfi, del Equipo de Terapia de Familia y Pareja de INECO. “El objetivo es modificar conductas que se volvieron problemáticas, concibiendo al paciente dentro de un sistema o contexto, no aisladamente”.
Pero hay que delimitar el radio del conflicto, dice Gelfi: “Se toman los datos de quienes participan y se observa su interacción y los patrones que se repiten. El terapeuta explora qué soluciones se intentaron y plantea una meta que pueda desglosarse en etapas”. Ceberio traza un paralelismo: “Si analizás sistemas políticos, muchos conflictos son emergentes de disfunciones del sistema social”.
Es una terapia de corto plazo, puntualiza Ceberio: “Es activa y breve. Podés trabajar seis meses, una vez por semana. Incluso un año, pero una vez cada quince días. Y no es que el problema vuelva, como dicen muchos. Se trabaja profundamente, pero con el paradigma de otro modelo”.
  • Mindfulness y terapias de aceptación
El mindfulness es un programa psicoeducativo antes que una terapia. Se usa para entrenar la atención plena, de modo de hacer mayor foco con más relajación y amabilidad frente a los fenómenos que toca vivir. Se trabaja con un protocolo, el Mindfulness Based Stress Reduction (de fines de los 70), que consta de ocho sesiones, cada una con un tema, relacionadas al manejo del estrés y la ansiedad. “A partir de ese entrenamiento básico se crearon las ‘terapias de aceptación’, que se están validando y se basan en mindfulness”, cuenta el licenciado Martín Reynoso, psicólogo, orador de mindfulness en las charlas TED.




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“Estas terapias se usan para abordar problemáticas vinculadas a la no aceptación del paciente; también en pacientes rígidos cognitivamente. Hay varias: el ACT (Acceptance Commitment Therapy) es de las más conocidas. El formato grupal es más productivo, pero para trastornos específicos (un ACV, por ejemplo), por estar en plena recuperación, se necesita un espacio propio”.
En el entrenamiento se hace un trabajo focalizado en la “atención plena a las sensaciones del cuerpo, los pensamientos y las emociones. El reconocimiento del cuerpo es esencial y requiere de un aprendizaje. Los orígenes están en la meditación budista, dejando de lado la parte ideológico-religiosa”, explica Reynoso, y agrega que, “en cambio, las terapias de aceptación basadas en mindfulness ofrecen un contexto terapéutico entre el terapeuta y el cliente o paciente. Ya no son ocho sesiones sino que depende de lo que traiga la persona”.
Para Reynoso, “los pacientes suelen estar peleados con su síntoma, y eso es tan importante como el problema en sí. La idea es aceptar la condición. Por eso estas terapias son recomendables para trastornos crónicos (con diabetes, oncológicos...). No se busca eliminar el síntoma sino aceptar el dolor o la deformación”.
Hay que aclarar que estas terapias no se aplican a enfermedades graves. “Es para psicopatologías menos severas”, admite Reynoso, y añade: “Otro objetivo es fortalecer la conexión de la persona con sus valores, aspecto que se acerca a las terapias existenciales. Utilizamos ejercicios de respiración consciente y escaneo del cuerpo. Y, desde ya, también hay lugar para el diálogo”.
  • EMDR
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“Con estimulación bilateral -ocular, auditiva o táctil- se posibilitará al paciente reprocesar los recuerdos perturbadores y reducir los síntomas”. Esta peculiar forma de terapia (cuya sigla refiere a Eye Movement Desensitization and Reprocessing, es decir, “Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares”) se enfoca en la solución de traumas priorizando el rigor científico, aclaran desde la Comisión Directiva de EMDR Iberoamérica Argentina.




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La terapia EMDR promueve un proceso de autocuración emocional.
La técnica se basa en un protocolo estandarizado, dividido en fases, cuya filosofía es que los seres humanos son capaces, bajo condiciones apropiadas, de moverse naturalmente hacia una mayor salud e integración general. ¿El horizonte? “Tener una vida más plena”, aclararon a Clarín.
La hipótesis es que tras un evento traumático se almacena información de modo disfuncional. Los expertos detallan que “el impacto emocional del evento supera las posibilidades del cerebro de auto regularse para llegar a un equilibrio”. El Sistema de Procesamiento de la Información hacia un Estado Adaptativo (modelo con el que trabajan) permite integrar experiencias internas y externas.
Parece simple, pero cuesta imaginarlo: “El reprocesamiento permitirá que la información ‘t’ (o trauma) se conecte con redes positivas: buenos recuerdos y experiencias de apego seguro, de modo de construir una red de memoria adaptativa. Así, la información se transmuta, o sea que cambia a nivel neurobiológico”.
El terapeuta, además, “brindará recursos de autocalma y diseñará un plan de tratamiento”. Allí estarán puestas las experiencias del pasado que no fueron reprocesadas, las situaciones, lugares o personas del presente que perturban o reactivan ese pasado en el presente.
  • Biodecodificación
Diana Paris es coordinadora de la Escuela de Descodificación Biológica Original (EDBO) y autora de dos libros que dicen bastante sobre la biodecodificación: Secretos familiares, ¿decretos personales? y Mandatos familiares, ¿qué personaje te compraste? (Editorial Del Nuevo Extremo). Allí se estudia el entramado transgeneracional y el impacto de las lealtades, que luego se reflejan en dolencias físicas y emocionales.
“Los síntomas son mensajes de algo que pugna por expresarse y alcanzar la reparación. Son ‘aliados’ del paciente y no enemigos”, explica Paris. La biodecodificación busca reconocer el conflicto y vaciar el estrés a través de protocolos de ‘des-programación’ y ejercicios de sentido simbólico. “Mi base teórica es psicoanalítica, y tanto los estudios culturales, la literatura y las biografías de personalidades de la historia (con sus árboles genealógicos) me permiten trazar paralelismos, repeticiones y desvíos de los puntos críticos en las sucesivas generaciones de un clan”, aclara.
¿Cómo sería una sesión? El consultante llegará con sus respuestas a un cuestionario, donde ahondará en el motivo de consulta y su árbol genealógico. A través del diálogo, buscará recuperar la vivencia traumática. Puede sumarse información hasta nueve meses antes de su concepción: si el nudo va más atrás se habla de “conflicto transgeneracional”.
“Una sola sesión podría ser suficiente”, explica Paris. “Otros casos necesitan dos o tres, pero no más porque no es un tratamiento sino una toma de conciencia a partir de las respuestas de la biología. El lema de EDBO es hazte bio-lógico”.
  • Constelaciones familiares
Otra opción que busca respuestas en los orígenes de la vinculación, “en un movimiento de reconciliación para honrar la vida, con lo fácil y lo difícil, con lo que hay y con lo que no”, explica Andrea Kovacs Kadar, médica psicoterapeuta abocada al abordaje transpersonal y sistémico.




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Constelaciones familiares, un recurso terapéutico desarrollado en Alemania por el teósofo y filósofo Bert Hellinger.
El mentor de las constelaciones familiares, el teólogo alemán Bert Hellinger, “experimentó como sacerdote con indios zulúes en África cuando vio en ellos una interacción que habíamos perdido. Las constelaciones ponen en evidencia esas fuerzas”, aclara Kadar, y explica: “La relación de jerarquía con tus padres, el dar y recibir definen transacciones para toda la vida”. Señala que “las constelaciones son un sí a la vida, un retorno al origen y una apertura hacia un campo de información más grande de sanación y de reconciliación. Hay que salir de la queja y el reclamo”.
El formato grupal puede incluir momentos de meditación, pero el formato individual es más psicoterapéutico: “La persona viene con una inquietud a ‘constelar’ la situación. Hacemos una bajada de significado y después se pasa a una dinámica sistémica. Configuramos plantillas, y van trabajando fenomelógicamente el consultante y el facilitador (o constelador). El objetivo es que el constelado se vuelva un observador en una frecuencia compasiva, reconciliándose con el origen. Si me paro en un lugar reconciliador de mi historia, mi observación va a modificar lo observado y eso me modificará a mí”.

Según Kadar, “la idea es que vengas a tomar tu empoderamiento, reconciliarte con tu identidad. Pero no te puedo explicar cómo es el gusto del chocolate. Tenés que probarlo”. (Ver Irene Hartman -  Clarin, de Buenos Aires, de anteontem)

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